Fragmento de: "ESPANTAPÁJAROS"
(1932) de Oliverio Girondo
EL PORQUE DE MI BUEN HUMOR
10
¿Resultará más práctico dotarse dé una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo cariado? Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!” Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime, se sobreentiende. Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime. Lo que hasta ese momento me producía hastío o repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros postales, del adulterio al escorbuto. ¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial —¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los vehículos existentes, desde la intuición a los zancos! ¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta una gruesa de colegialas con el dedo meñique!.... ¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y afrodisíacas!... Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de charol. Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por experiencia propia, que en la vida no hay más solución que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto de vista de la sublimidad.
EXPLICACIÓN
11
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto,no me suicido.Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perderlos últimos momentos y cerramos los ojos para dormir laeternidad, empiezan las discusiones y las escenas defamilia.¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carenciaabsoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bienmorir!Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plenacatástrofe conyugal, daría una noción aproximada de lasbataholas que se producen a cada instante.Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los deal lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo queresuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas delos que habitan en la tumba de enfrente.Cualquier cadáver se considera con el derecho demanifestar a gritos los deseos que había logrado reprimirdurante toda su existencia de ciudadano, y no contento conenterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a loscinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nosinterioriza de lo que opinan sobre nosotros todos loshabitantes del cementerio.De nada sirve que nos tapemos las orejas. Loscomentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen deno se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutosdel día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnosnuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— esecontinuo estruendo resulta mil veces preferible a losmomentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad desíncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en elvacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar unaasperosidad a que aferrarse. La caída no tiene término. Elsilencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarificacada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago quese cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba,se amplifica, choca y rebota en los obstáculos queencuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten;y cuando parece que ya se va a extinguir, y cerramos losojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestrospárpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueñopara siempre.¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país dondeno se puede vivir!
(1932) de Oliverio Girondo
EL PORQUE DE MI BUEN HUMOR
10
¿Resultará más práctico dotarse dé una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo cariado? Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!” Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime, se sobreentiende. Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime. Lo que hasta ese momento me producía hastío o repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros postales, del adulterio al escorbuto. ¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial —¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los vehículos existentes, desde la intuición a los zancos! ¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta una gruesa de colegialas con el dedo meñique!.... ¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y afrodisíacas!... Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de charol. Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por experiencia propia, que en la vida no hay más solución que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto de vista de la sublimidad.
EXPLICACIÓN
11
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto,no me suicido.Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perderlos últimos momentos y cerramos los ojos para dormir laeternidad, empiezan las discusiones y las escenas defamilia.¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carenciaabsoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bienmorir!Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plenacatástrofe conyugal, daría una noción aproximada de lasbataholas que se producen a cada instante.Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los deal lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo queresuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas delos que habitan en la tumba de enfrente.Cualquier cadáver se considera con el derecho demanifestar a gritos los deseos que había logrado reprimirdurante toda su existencia de ciudadano, y no contento conenterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a loscinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nosinterioriza de lo que opinan sobre nosotros todos loshabitantes del cementerio.De nada sirve que nos tapemos las orejas. Loscomentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen deno se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutosdel día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnosnuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— esecontinuo estruendo resulta mil veces preferible a losmomentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad desíncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en elvacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar unaasperosidad a que aferrarse. La caída no tiene término. Elsilencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarificacada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago quese cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba,se amplifica, choca y rebota en los obstáculos queencuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten;y cuando parece que ya se va a extinguir, y cerramos losojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestrospárpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueñopara siempre.¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país dondeno se puede vivir!
